viernes, 20 de mayo de 2011

Doble sorpresa

Nadia...

Andrea y yo teníamos algo más en común, aparte de nuestra profesión de periodistas, la colección de CD’S y otras cosas que no vienen al caso, eso que teníamos en común era la atracción por Ernesto, un amigo que había ido con nosotras a la universidad.

Era un hombre atractivo, tanto así que lograba satisfacer los estereotipos de ambas. Es alto, con un cuerpo bien definido gracias a sus prácticas de surf, de brazos y espalda tatuados, y tiene una sonrisa de esas que te derriten apenas la muestra… para envidia de muchas, él era nuestro compañero de fiestas, cine, viajes y otras actividades.

Era su cumpleaños, por eso Andrea y yo decidimos darle una sorpresa. Teníamos un duplicado de la llave que abre el apartamento de Ernesto, eso nos facilitaría todo… solo esperábamos que él no llegara antes de tiempo y arruinara nuestros planes.

Lo escuchamos llegar y procuramos no hacer ni el más mínimo ruido, él solo podía saber que estábamos ahí en el momento de la sorpresa… la ansiedad por salir a recibirlo nos tenía muy inquietas.

Ernesto...

Llegué a mi casa cansado, eso de estar de cumpleaños no significaba mucho para mí, lo veía como un día normal. Lancé mi morral en el mueble de la sala y me quité la ropa, la ventaja de vivir solo es que tu mamá no está detrás de ti, reclamando por lo desordenado que eres. Me fui a dar una ducha rápida, quería llegar a mi cama para ver alguna película hasta quedarme dormido… pero al entrar a mi cuarto descubrí que esa noche probablemente no dormiría.

Pensé que lo que veía no era real y lancé una carcajada… ambas me miraron y al unísono dijeron, con esas voces tan sexys que tienen “Feliz Cumpleaños”. Una oleada de calor subió y bajó por todo mi cuerpo… eran ellas, mis mejores amigas, en mi cama, con poca ropa.

“Queríamos darte una sorpresa, y creo que funcionó” dijo Nadia mientras miraba mi pene ya erecto, marcado por encima de la toalla, “ahora siéntate, para que disfrutes mejor de tu regalo” me dijo Andrea con suavidad… no hice más que obedecer.

Verlas era un espectáculo, Nadia es de piel morena y cabello negro, su ropa interior era blanca, y Andrea es blaquita con cabello rubio, su ropa interior era negra… los contrastes de la tela en la piel de ambas las hacían ver más perfectas.

Mientras se besaban me veían de reojo, sabían que me tenían embobado… se tocaban con pasión desenfrenada y sus gemidos eran melodía para mis oídos. Se desnudaron una a la otra y así aumentaron mis ganas de tocarlas… “acércate cumpleañero, es hora del pastel” dijo la morena mientras la rubia me llamaba con uno de sus dedos.

Me acostaron sobre la cama y me desanudaron la toalla… Nadia comenzó a besarme mientras Andrea me masturbaba, no quería cerrar los ojos, no podía perderme ni un segundo de mi regalo de cumpleaños.

“Nadia, no seas egoísta, es mi turno de besarlo” y al oír esto la morena sonrió y le cedió mis labios a la desesperada rubia… pensé que ahora Nadia me masturbaría, pero no fue así… sentí su cabello rozando mi abdomen y apenas segundos después sus húmedos labios empezaron a bajar por mi pene… esto era la gloria, el placer multiplicado por dos.

Andrea se unió a Nadia para darme sexo oral, sus dos lenguas me lamían de forma diferente y sentía que pronto acabaría… les avisé pero en vez de separarse siguieron hasta que me corrí en sus bocas, me chuparon hasta dejarme sin una sola gota… esto apenas comenzaba… 

Las mimaba a ambas, no quería que sintieran que fijaba más mi atención en una de ellas. Mientras Nadia me montaba, Andrea estaba sentada en mi boca, gimiendo por el placer que le daba mi lengua, en esta posición las dos podían besarse y jugar con sus senos, eran dos mujeres divinas y eran solo para mí.

Ahora penetraba a Andrea, se puso en cuatro para mí y para poder disfrutar de Nadia que ya la esperaba con las piernas abiertas… sentirme dentro de una y ver como disfrutaba la otra, uff, eso no se puede comparar con nada.

Nuestros orgasmos llegaban en medio de gemidos… las dominaba, me dominaban, las probé en todos los rincones de sus cuerpos, las llené de mi esencia, nos fundíamos en besos y caricias, y así pasamos horas, hasta que nuestros cuerpos ya no daban para más… agotadas se quedaron dormidas y yo solo podía observarlas, disfrutar de la belleza especial que cada una transmitía.

Mi Nadia y mi Andrea… nunca dejan de sorprenderme



lunes, 9 de mayo de 2011

En la vía


Nunca había viajado con ellos, no soy de relacionarme con gente escandalosa y menos si no los conozco. La verdad es que no sé en qué pensaba para anotarme a ese viaje a Puerto Ordaz sabiendo que tendría que pasar horas aguantando a un desconocido que seguramente sería uno de los más gritones del autobús.

Me ubiqué en los primeros asientos, del lado de la ventana, así sería más fácil darle la espalda al que se sentara a mi lado. El autobús se iba llenando, por suerte nadie quería ser mi acompañante… nadie hasta que subió él. No podía dejar de verlo, y creo que fue tanto el contacto visual que me sonrió y se sentó junto a mí.

Su voz me envolvía cada vez que saludaba a los demás hinchas que iban a viajar. De vez en cuando lo miraba de reojo y ahí estaba, viéndome y sonriendo, eso me hacía sonrojar.

La primera hora del viaje fue una tortura, la música me tenía aturdida y el olor a anís casi me hacía vomitar. Las luces estaban encendidas, así sería imposible quedarme dormida. Mi acompañante no resultó ser tan molesto, casi no hablaba con los demás, solo se dedicaba a escribir en su blackberry y a reírse.

Cuando apagaron las luces el escándalo bajó un poco, pero por alguna extraña razón el frío aumentó, mi mono y camiseta negra no eran suficiente abrigo, ya mis pezones se marcaban en la tela, trataba de disimular cruzando los brazos a la altura de mi pecho… él notó mi incomodidad “preciosa, no puedo verte así, temblando de frío, toma mi cobija, estarás más caliente y cómoda” la acepté sin pensarlo, agradeciendo por tan amable gesto, fue así como pude quedarme dormida.

Me despertó el remordimiento de conciencia, de verdad el frío era insoportable y yo había dejado a mi compañero sin nada para taparse. Cuando me voltee para ofrecerle la cobija me encontré con su respiración, le susurré “hey, ¿estás despierto?” pero no me respondió… tuve q tocar su cara para q reaccionara “¿qué pasó bella?” y muy bajito le dije “bueno, yooo, mmm quería, mmm compartir tu cobija contigo, es que veo que tienes frío” y fue así como quedamos los dos bajo la misma tela que nos daría calor.

Cerré mis ojos para tratar de dormirme otra vez, pero con su cara tan cerca era difícil conciliar el sueño, apenas unos milímetros nos separaban. Lo sentí sonreir y un cosquilleo bajó hasta mi vientre “estás muy cerca de mí, ¿te incomodo?” esas palabras me impulsaron a besarlo. Sus labios ardían mientras nos besábamos con desesperación, su lengua jugaba con la mía y nos mordíamos con suavidad… mi mente volaba, y de solo imaginar las cosas tan divinas que él podía hacer con su lengua me mojaba mucho.

En medio de esos besos, que parecían no terminar nunca, tomé sus manos y las puse en mis senos, él los masajeaba y pellizcaba… de mis labios comenzaban a salir leves gemidos. Metí mi mano hasta su sexo, que estaba duro, palpitante, y comencé a masturbarlo. Sentirlo tan excitado me volvía loca, quería tenerlo dentro de mí, pero entre tanta gente era casi imposible.

Seguí dándole placer con mi mano mientras él besaba mi cuello. Poco a poco sus labios llegaron a mis senos, los chupaba con devoción, disfrutándolos al máximo. Yo estaba a punto de gritar, me moría por montarlo, “quiero que te relajes” le dije al oído.

Mis labios bajaron hasta su pene y mi lengua comenzó a saborearlo, lo metí completo en mi boca y el dirigía la velocidad tomándome por el cabello… lo escuchaba gemir, no podía ocultar que le gustaba tener a una perfecta desconocida haciéndole eso que siempre había fantaseado. Me llenó de su esencia, la que disfruté sin desperdiciar ni una sola gota.

Recosté mi cabeza en el asiento y le sonreí… aún quedaban muchas horas de viaje y no habíamos hecho la primera parada.

miércoles, 4 de mayo de 2011

Buenos Días

Raras veces me quedaba en su casa. Aunque era mi mejor amigo mi mamá no veía con buenos ojos que pasara noches enteras con Ricardo. Entre ambos no había pasado nada, pero admito que siempre él me había parecido atractivo.
Esa noche me fui a su casa, mis padres estaban de viaje y no quería dormir sola. Dormí en su cuarto y él en el de su hermano, que estaba justo al lado.
Me despertó temprano, teníamos que ir a la oficina “nena, despierta, deja la flojera”. Entre quejas me levanté y entré al baño, me relajé con el agua caliente, tratando de apurarme para no salir tarde.
Cuando entré a la habitación Ricardo estaba sentado en la cama. No esperaba verlo allí. Yo estaba empapada y temblaba por el frío, se me había olvidado apagar el aire acondicionado… “buenos días señorito, ¿será que se sale del cuarto para poder vestirme?”. Se levantó, pero en vez de ir hacia la puerta se acercó a mí, me pegó contra la pared y comenzó a besarme.


No puse resistencia, esperaba poder probar esos labios al menos una vez. La excitación me invadió por completo, mi cuerpo caliente hizo que se evaporaran las gotas de agua que corrían en mi piel apenas minutos antes. Tomé su cara para no dejarlo ir y él soltó mi toalla, entre los besos le dije “pero es que vamos a llegar tarde al trabajo”. Su mano bajó hasta mi sexo que ya estaba al máximo de la humedad y sonrió “no importa, hoy te voy a hacer mía”, al escuchar eso mis piernas se abrieron casi por instinto. Los besos fueron más intensos, Ricardo mordía mis labios con desesperación mientras me seguía masturbando, mis gemidos lo volvían loco. Su boca bajó hasta mis senos y comenzó a jugar con mis pezones, eso hizo que mi orgasmo llegara acompañado de un grito, mis piernas perdieron la fuerza por un momento.
“Pero que caliente eres nena” me susurró al oído, y con la respiración entrecortada le dije “hemos llegado muy lejos, mejor nos vamos, se hace tarde”. Me silenció con sus dedos, llenos de mi esencia, y automáticamente la excitación volvió. Lo vi desvestirse con desesperación, y cuando quedó desnudo frente a mis ojos mis ganas de ser suya aumentaron.
Me tomó entre sus brazos y me llevó hasta su cama, abrió mis piernas y me penetró con fuerza. Sentí que se me iba la vida en cada embestida que me daba, mis gemidos eran cada vez más fuertes y eso hacía que él se excitara más “¿qué vas a decir cuando llegues tarde a la oficina?” ahogada de placer solo podía pedirle que siguiera, que no parara… “respóndeme” me dijo con tono exigente y casi sin voz le susurré “diré que me estabas cogiendo bien rico”. Mis palabras despertaron su furia animal, su respiración aumentó tanto como la brusquedad de sus movimientos, me estaba maltratando pero sentir ese dolor era realmente placentero. Lo amarré con mis piernas cuando sentí las contracciones de mi segundo orgasmo, estaba muy húmeda, tanto que mis jugos mojaban nuestros muslos. Su miembro quería explotar, lo sentía cada vez más duro dentro de mí “¿dónde quieres que te acabe?” y jadeante le pedí que lo hiciera en mi cara… me complació en lo que le pedí, comenzó a masturbarse hasta que se corrió en toda mi cara… ahora Ricardo y yo nos conocíamos completamente.

Ese día llegué tarde a la oficina, y ya tenía mi excusa lista… Pero no hizo falta dar explicaciones, había olvidado que mi jefe estaba de vacaciones.

viernes, 29 de abril de 2011

Placer irreal

“Está bien, ven a buscarme”. Este mensaje sorprendió a Jesús “me dijo que sí, por fin aceptó” pensó. Después de meses de rogarle a Natalia ella aceptó su invitación a perder el miedo, a arriesgarse con él.

Todo tenía que ser especial, porque ella era realmente especial. Una mujer que parecía inalcanzable, a la que muchas veces le había pedido una oportunidad y ella sin pensarlo había respondido “no”.

La situación sentimental de Natalia lo complicaba todo, su esposo no le permitía respirar, ni siquiera pensar, la presión la hacía sufrir, estaba presa e inconforme, a pesar de que él le daba todo, la llenaba de lujos, detalles y cumplía cada uno de sus caprichos.

Con Jesús se sentía libre, aunque solo compartían algunos mensajes de texto y llamadas cortas. No habían besos, ni caricias, solo la promesa de cumplir esas fantasías en algún momento.

La cena fue perfecta, en una terraza con vista al mar, que esa noche parecía tan tímido como Natalia. “Eres una mujer muy hermosa” le dijo Jesús, y ella cortante le respondió “lo mismo le dirás a todas”. Se fueron dos horas entre risas, historias y cumplidos. Ya el vino estaba causando efectos en los dos.

Entre una cosa y otra, sin que lo esperaran, llegó el primer beso, que los hizo abandonar esa terraza y entrar al departamento que estaba perfecto para la ocasión. Miles de flores, olor a chocolate, luces tenues… algo que ella no esperaba puesto a que llegó al lugar con los ojos vendados.

Siguieron besándose, incluso mientras caminaban hasta la habitación de Jesús. Poco a poco se despojaron de sus ropas, sin separar sus labios ni un segundo, no querían dejar de saborear esos besos prohibidos.

El instinto animal se apoderó de ambos, no había tiempo para ser tiernos. Los besos subieron la intensidad y ya la erección de Jesús estaba en su punto máximo. Natalia no dejaba de jadear, solo de pensar que pronto sería suya… nunca había estado con otro hombre aparte de su esposo.

Jesús recorrió con sus labios el cuerpo de su “inalcanzable” mujer, se embriagaba con su sabor y su dulce olor. Ella temblaba de ganas, pero no se atrevía a pedir más por temor a ser etiquetada como una vagabunda. Cuando él se posó sobre su sexo húmedo bastaron segundos para que Natalia gritara y arqueara su espalda, que explosivo ese orgasmo.

Sin dejar de sentir las contracciones de su reciente orgasmo, Natalia montó a su hombre, y lo cabalgó al compás de sus gemidos, inclinada hacia él para no dejar de besarlo. Jesús estaba sumergido en el placer, ahora los senos de su amada estaban en su boca “eres divina”, con un dedo ella lo silenció “solo disfruta”.

Durante un rato las caderas de Natalia hicieron que Jesús vibrara, hasta que ya no pudo aguantar más y se corrió dentro de ella… nunca había sentido tanto placer.


La luz del sol pegó en su cara. Despertó desnudo y con dolor de cabeza, sin embargo recordaba la perfecta noche que había disfrutado. Volteó para ver a la hermosa flor que le regaló la mejor noche de su vida pero se sorprendió al no encontrarla.

Salió hasta la sala y le pareció que todo estaba diferente. No había flores, ni olor de chocolate, ni botellas de vino. Entonces su celular vibró en la mesa… en la pantalla estaba el nombre de Natalia. Y con lágrimas en los ojos leyó, luego del mensaje que le había enviado para invitarla a cenar “Jesús lo siento, pero hoy tampoco podré verte”

lunes, 25 de abril de 2011

En manos del dolor

Nos gustaba experimentar. En las últimas semanas habíamos probado con el sadomasoquismo y eso nos tenía extasiados. No poníamos límites en nuestros maltratos aunque esto a veces significara lágrimas. Cada vez me sentía más suya.

Esa noche nos atacó el hambre mientras él me llevaba a casa. Me sentía en una hoguera, necesitaba saciarme. Detuvo el auto en una calle sin salida, en medio de la lluvia.

Volteó a verme, vaya que me excitaba esa mirada, yo jadeaba de ganas y los vidrios comenzaban a empañarse. Él sabía que yo quería sexo salvaje y esa noche me daría algo inolvidable.

No mencionó ni una sola palabra, me lancé sobre él y comencé a besarlo con desesperación. Automáticamente sus manos fueron a mi cabello, me jalaba hacia atrás, separándome de sus besos, sin importarle el dolor que pudiera causarme con cada tirón que me diera. Sonreía maliciosamente “el que quiere besar busca la boca, ¿no?”

Nos pasamos al asiento de atrás y ahí comenzó mi tortura. Amarró mis manos con su correa, tan apretadas q las sentía frías. Mordió mis labios con tanta fuerza que me hizo sangrar, eso lo descontroló más. Sus manos tocaban mi cuerpo con desesperación y sus jadeos aumentaban al ver mi cara de sufrimiento, “¿eres mi zorrita?” me preguntaba mientras mordía mis brazos, “soy lo que quieras que sea para ti, pero maltrátame”.


Mis palabras hicieron efecto, desgarró mi ropa dejando sus dedos marcados en mi piel, sentí el miedo subiendo por mi espalda porque nunca había visto tanta crueldad en su mirada, sin embargo quería correr el riesgo, él era mi macho dominante.

Continuó besándome, saboreando la sangre de mis labios, sus dedos pellizcaban mis senos “me duele” le decía entre gemidos, “aguanta, aquí quien decide soy yo”. Sus manos bajaron hasta mi sexo desnudo, ardiendo de ganas por recibirlo, y comenzó a masturbarme con fuerza. Mis gritos lo volvían loco, notaba como se aceleraba su corazón “ya no aguanto más, quiero que me lo metas duro” le suplicaba en medio de gritos.

Sus manos tomaron mi cabello, acercando mi cara a su miembro a punto de explotar y comencé a ahogarme con sus embestidas violentas, me encantaba su sabor y ver su cara de placer, “mírame con tu carita de perra satisfecha, sigue mamando perrita”. Sus palabras me enloquecían.

Sentía que iba a acabar en mi boca, pero no era eso lo que él quería. Me acostó en el asiento y comenzó a rozar mi clítoris con su pene ardiendo “no aguanto más, ya deja de torturarme” alcancé a decir antes de que me silenciara con su mano. Automáticamente después lo sentí atravesándome como una lanza, mi divina tortura. Se movía salvajemente dentro de mí, y mis entrañas sufrían un extraño dolor “¿te gusta cuando te cojo así?”, y yo no tenía fuerzas para responder, solo asentía y veía su rostro borroso. Sus manos fueron hasta mi cuello y comenzaron a apretar, causándome mucho dolor. Mi orgasmo llegaba mientras sentía el hormigueo en la cara, esto no lo había sentido. 

Quise suplicarle que parara, pero era imposible, estaba abandonando mi cuerpo, ya no había vuelta atrás. Finalmente exhalé mi último suspiro.

miércoles, 6 de abril de 2011

Llegaremos hasta donde se pueda llegar



Desperté mareada, pensando en el rico sueño que acababa de tener. Igual que todas las mañanas, revisé las conversaciones en el BB chat y fue cuando me di cuenta de que no lo había soñado, allí estaban todos los mensajes probando que ese arrebato de pasión no era producto de mi imaginación.

Decidí saludarlo, pero no sabía qué decirle, menos después de una plática no muy común entre un jefe y su asistente. Miles de cosas pasaron por mi mente y al final solo le di los buenos días y pregunté algo relacionado a la oficina. Su respuesta fue cortante, incluso me sentí tonta por pensar que me respondería de otra forma, hasta que llegó otro mensaje… él tenía tantas ganas de mí como yo de él.

Una ducha no fue suficiente y además el calor no colaboraba. Pasé la mañana ansiosa aunque no iba a verlo, ambos teníamos planes totalmente diferentes, él iba a tatuarse, yo tenía pensado ir al teatro con unos amigos que no me confirmaron nunca su asistencia.

Iba en el taxi para no llegar tarde a la obra, el calor me tenía ahogada y el tráfico era insoportable, empezaba a sentir migraña, pero un mensaje me alivió por completo la tensión “al carajo mis planes, te acompañaré al teatro”. Mi corazón dio un vuelco y mi respiración se agitó, iba a salir con ese hombre interesante con el que nunca cruzaba más de una hora de conversación.

Llegué puntual al lugar de encuentro, me tocó esperarlo tomando un café. La brisa jugaba con mi cabello suelto y refrescaba mi cuerpo bajo el corto vestido amarillo que decidí usar. Él tardó unos 15 minutos en llegar, vestía sencillo sin caer en lo informal, un jean azul y una camisa verde de mangas cortas. Un leve escalofrío recorrió mi espalda cuando se acercó a saludarme y me rodeó con sus varoniles brazos, sentía que me derretía como un helado en el desierto.

Yo no quería hablar mucho, se notarían mis nervios al tartamudear, solo lo escuchaba y lo miraba disimuladamente, procurando que nuestros ojos no se cruzaran. En esas dos horas, que parecieron una eternidad, solo me dediqué a pensar en una pregunta que él me hizo en la madrugada “¿esto solo se quedará en ser una fantasía?”.

Me sacó de mis pensamientos al decir “ya debe estar por terminar la obra, ¿te parece si cenamos juntos?” asentí sin duda alguna, poder disfrutar de su compañía un rato más no me molestaba en lo absoluto.

Bajamos hasta el estacionamiento y mientras caminaba delante de él sentía sus ojos clavados en mi cuerpo, pero por más que traté de no voltear terminé haciéndolo. Me encontré con su mirada por primera vez y noté un destello de perversión acompañado de una sonrisa pícara, allí mismo comencé a temblar. Caballerosamente me abrió la puerta del auto rojo, donde entré y me quedé esperando esos breves segundos que lo pondrían de nuevo a mi lado.

Eran casi las 08:00pm, el calor se había evaporado un poco y las calles estaban vacías. Durante el trayecto sentía mi piel erizada por el aire acondicionado pero no me quejé. Hablamos de algunos proyectos finalizados con éxito en la oficina y sobre los planes que teníamos a corto plazo, aunque yo no estaba interesada en tocar asuntos laborales, ya bastaba del estrés semanal. Ocasionalmente ponía su mano en mi pierna y yo suspiraba en silencio, quería que me besara pero no lo hacía, y yo tampoco me atrevía.

Cuando llegamos al restaurante nos sentíamos fuera de lugar, en realidad no era allí donde deseábamos estar, sin embargo nos quedamos por un largo rato. Cenamos, nos conocimos más, nos reímos y brindamos “por ti” dijo él, “por nosotros” dije yo y le sonreí. Después de eso se prolongó el silencio, yo pensaba “metí la pata, ya que coño” y de pronto me dijo “nos vamos, ya no aguanto un minuto más”.

No habíamos llegado al carro cuando me giró hacia él “serás para mí” me dijo, yo estaba lista para que me arrancara la ropa pero ahí no se podía. Salimos lo más rápido posible con el calor brotando de nuestras entrañas. El camino hacia el hotel se hizo corto y en fracción de segundos estábamos en esa habitación de luz tenue. Lo primero que pasó por mi mente fue la frase que le dije en la madrugada “llegaremos hasta donde se pueda llegar” y hasta ese lugar nos llevó la noche.

Me besó con intensidad mientras bajaba el cierre de mi vestido. Mis manos acariciaban su cara, no podía creerlo, estaba a punto de hacer el amor con mi jefe, el hombre que parecía siempre tan indiferente ante mi presencia. Me tomó de la cintura y dejé de sentir el piso, fue instintivo abrazarlo con mis piernas, todo sin dejar de besarlo.

Entre caricias me llevó hasta la cama, donde terminó de desnudarme. Me contemplaba casi sin parpadear, seguía besándome, ahogando mis suspiros. Todo era muy intenso, me mordía con desesperación y yo no dejaba de gemirle al oído, eso aumentaba su excitación. Ya estaba suficientemente lubricada, por esto me pudo penetrar con facilidad, sin embargo sentí un dolor placentero que me hizo gritar.

El salvajismo fue el protagonista de nuestras escenas frente al espejo y yo no le negaba nada. Ejercer el rol de sumisa me volvía loca y a él le encantaba dominarme. Amarró mis manos, sentía que iba a partir mis muñecas y aún así le pedía más. Sus dedos se enlazaban en mi cabello halándome hacia él, que me susurraba al oído “dime que eres toda mía”. Mi excitación aumentaba y entre gemidos decía “solo tuya, hago todo lo que me pidas”.

El cansancio no llegaba, el hambre sexual de ambos era insaciable. “Eres divina” repetía constantemente, “y tú eres mío” le respondía yo.

Una ola de calor entró por mis pies, sentía hormigueo en todo el cuerpo, un grito ahogado y espasmos en mi cuerpo terminaron de hacerme suya, este orgasmo me ponía su marca personal, ahora le pertenecía.

Él seguía estimulándome, y yo haciendo uso de todas mis técnicas para conseguir eso que me faltaba. Finalmente acabó para mí, frente a mi cara de pervertida.

“Mientras existiera la fantasía desearíamos cumplirla” me dijo mientras mordía mi espalda, yo voltee mi cara “te dije que llegaríamos hasta donde tendríamos que llegar, y vaya que fuimos lejos”